CARLOS ALBERTO PÉREZ LÓPEZ

ABOGADO

20/11/2015

Tribunal Supremo: entrar en la habitación del inquilino moroso, blandiendo un hacha y exigiéndole entre insultos abandonar la vivienda, supone un delito de amenazas

Ante el impago del alquiler de una vivienda en Madrid, los propietarios, -un matrimonio, ambos con más de 70 años- decidieron cortar por lo sano y desalojar ellos mismos al inquilino por la fuerza, para lo que idearon servirse de la ayuda de un hacha.

Con ese propósito, se presentaron al mediodía de un día de enero de 2009 en aquella casa. Mientras el marido quedó esperando en la calle, la esposa subió a la tercera planta, abrió la puerta de la vivienda con su propia llave y entró, hacha en mano: miró en todas las habitaciones y se encontró al inquilino durmiendo en su habitación; allí dentro, comenzó a tirar las cosas del inquilino por la ventana; éste se despertó con el estrépito, momento en que la propietaria, furiosa, blandiendo el hacha, le gritó entre insultos que se marchara de la casa inmediatamente.

El marido -a quién habíamos dejado en la calle- pudo ver como el inquilino caía desde la ventana de la habitación. Si bien salvó la vida, sufrió varias fracturas óseas de las que tardó en curar 240 días, tras los que restaron diversas secuelas físicas y estrés postraumático.

Cumplido el objetivo del desalojo, el precio a pagar por semejante conducta fue sentarse en el banquillo de los acusados por los delitos de homicidio y lesiones. Sin embargo, y dado que no se pudo probar que la esposa golpease al inquilino ni que lo arrojase por la ventana, la Audiencia Provincial de Madrid la absolvió de aquellos delitos, quedando libre con todos los pronunciamientos favorables, incluida la indemnización por las lesiones provocadas a causa de la caída.

No obstante, el Tribunal Supremo la condenó por un delito de amenazas en su sentencia de fecha 2 de noviembre de 2015, a una pena de un año de prisión. De acuerdo con su jurisprudencia sobre el tema, que trae a colación, el delito de amenazas se consuma con la llegada del anuncio a su destinatario y su ejecución, consistente en la conminación de un mal, con apariencia de seriedad y firmeza; bastando que las expresiones utilizadas sean aptas para amedrentar a la víctima, con independencia de que se produzca o no esa perturbación anímica.

En el caso, el Tribunal Supremo estimó que la conducta de la esposa de exhibir y blandir un hacha, junto con insultos, constituye un acto idóneo para violentar el ánimo del inquilino, por serio, firme y creíble de provocar un daño, a lo que se añade la repulsa social que merece la actuación de la agresora, totalmente descontextualizada de cualquier discusión o disputa previa con el inquilino, que se encontraba en su cama durmiendo.

El pronunciamiento condenatorio, con todo, no se extendió a las lesiones y su indemnización. Argumenta para ello el alto tribunal que la esposa era una mujer de 70 años, y el inquilino, una persona joven. Sentado que en la habitación solo estaban ellos dos y que ella no le arrojó por la ventana, es evidente que, por muy pertrechada que estuviera de un hacha, no es lógica la huida del inquilino por pánico, saltando al vacío por la ventana de la habitación.

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